Las personas “puente”
A algunas de estas personas las elegimos nosotros, pero otras tantas acuden a nuestra vida sin haber sido llamadas, tal vez por alguna razón que sólo seremos capaces de descubrir al final del camino.
Hay algunos puentes en muy mal estado, que se rompen durante el camino y te dejan caer sin remordimiento alguno al río, empujándote hacia lo más profundo si te dejas. Hay otros de los que tampoco te fías mucho, que dan vértigo y apenas tienes a que sujetarte. Otros se parecen a los puentes tibetanos, los cuales no cruzarías en tu sano juicio ni aunque te fuera la vida en ello, pero sorprendentemente, al final descubres que no estaba tan mal. Hay unos que es mejor pasarlos rápido, como en las películas, antes de que se desmoronen. Hay puentes que hoy están y mañana habrán desaparecido; para entonces ya nunca sabrás qué había en el otro lado porque perdiste tu oportunidad. También hay otros que creemos que necesitamos cruzar para alcanzar la otra orilla, y una vez allí, descubrir que nos había llevado al sitio equivocado. Algunos los cruzamos varias veces en direcciones distintas esperando que cambie el paisaje que se mantiene inerte a pesar de todo nuestro esfuerzo. Y por supuesto, hay puentes largos y robustos en los que estás tan cómodo y te sientes tan seguro, que ni siquiera tienes la sensación de estar en un camino de tránsito hacia otro lugar.
La importancia de estos puentes no es el final del camino, ni el trayecto en sí, es lo que uno aprende de esos puentes; es comprender porqué nos llevaron de aquél sitio a aquél otro, se trata de entender que son un principio y un fin en sí mismo, igual que ocurre con las personas.
A veces me he equivocado, y Dios sabe cuántos puentes me he arrepentido de haber cruzado, pero es entonces cuando pienso en aquellas personas que, para mejor o para peor, también tuvieron que pasar por mi para llegar a la siguiente etapa de sus vidas.
Doy gracias a todas esas personas puente y me quedo con lo mejor que cada una de ellas me pudo aportar.